Opinión | La precariedad como destino o el desaliento del sentido escolar
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La precariedad como destino o el desaliento del sentido escolar

Por Marcos Muñoz Robles
Sociólogo, Doctor en Ciencias Sociales
Centro de Estudios del Desarrollo Regional y Políticas Públicas (CEDER) – Universidad de Los Lagos


Un cambio en la experiencia del futuro

La forma en que las nuevas generaciones experimentan el futuro ha cambiado de manera decisiva. No se trata únicamente de fallas en el sistema educativo o de déficits de infraestructura, sino de una transformación más profunda que atraviesa la escuela, la universidad y los soportes afectivos que las sostienen.

Cuando la precariedad deja de percibirse como un episodio transitorio y se instala como una condición persistente, se debilita la base que históricamente sostuvo el trayecto escolar.


El debilitamiento de la promesa educativa

Durante décadas, la escuela funcionó como una fábrica de sentido basada en una promesa diferida: el esfuerzo del presente garantizaba un mejor porvenir. Esa lógica justificaba el sacrificio en función de la previsibilidad del mañana.

Hoy, esa promesa ha perdido consistencia. El resultado es un vaciamiento progresivo desde dentro: el horizonte que orientaba el esfuerzo se ha vuelto incierto.


Trayectorias fragmentadas y anticipación de la incertidumbre

Este diagnóstico se hace visible en la vida cotidiana. La legitimidad del aula se tensiona cuando el entorno muestra a profesionales titulados desempeñándose en trabajos precarios, como servicios de reparto o aplicaciones digitales, para cubrir necesidades básicas.

La moratoria social —ese tiempo protegido que la escuela ofrecía para proyectar la vida— ha sido desplazada por una incertidumbre temprana. El estudiante ya no habita un espacio de preparación, sino de anticipación ansiosa frente a un mercado laboral debilitado en su capacidad de integración.


Precariedad estructural en el contexto chileno

En Chile, fenómenos como la sobrecalificación, el desajuste entre formación y empleo y la persistencia de la informalidad han dejado de ser excepciones para convertirse en rasgos estructurales.

Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la informalidad laboral se sitúa en torno al 26%, pero en jóvenes alcanza cerca del 38%. Esto confirma que la precariedad opera como condición de entrada al mundo del trabajo.

La estabilidad contractual ha sido reemplazada por regímenes de honorarios e inestabilidad que erosionan el valor del título universitario como vía de movilidad social.


Individualización y debilitamiento de lo colectivo

El horizonte laboral se percibe cada vez más como una lucha individual por no caer. En un mundo del trabajo fragmentado, las mediaciones colectivas han perdido eficacia, mientras el capital transnacional desborda la capacidad regulatoria de los Estados.

Este escenario no es neutro: es socialmente producido y genera nuevas formas de organización.


Economías paralelas y pérdida de integración

Cuando el trabajo formal deja de garantizar integración, emergen alternativas. En este contexto, la economía del ilícito puede operar como principio de pertenencia, ingresos y poder en territorios donde la escuela y el mercado han perdido su capacidad de promesa.

Datos del Observatorio del Narcotráfico de la Fiscalía Nacional muestran una creciente participación de menores en delitos asociados al microtráfico, lo que evidencia la penetración territorial de estas dinámicas.


Convivencia escolar y reproducción de desigualdades

La convivencia escolar se configura como un desafío central en una sociedad precarizada. La violencia en las escuelas no constituye una anomalía, sino una traducción de estas dinámicas sociales en el espacio educativo.

Según la Superintendencia de Educación, las denuncias han aumentado sostenidamente, alcanzando máximos históricos. Las escuelas dejan de operar como espacios de resguardo y comienzan a reflejar jerarquías territoriales donde la delincuencia se instala como relación de poder.

En estos contextos, la violencia puede transformarse en una credencial de estatus y el control del espacio —físico o simbólico— en una forma de capital social alternativo.


Reconstruir el sentido: un desafío colectivo

El desafío de reconstruir el horizonte que sostenía a la escuela como espacio de esperanza no puede resolverse únicamente con medidas de control ni con diagnósticos individualizantes.

La escuela, por sí sola, no puede restituir un sentido que ha sido erosionado por el orden social. La crisis del sentido escolar refleja una sociedad que ha debilitado su capacidad de proteger las trayectorias.


Más allá del aula

En esta fractura se revela la dimensión más profunda del problema. Quienes participamos en la educación enfrentamos la tarea de imaginar un porvenir distinto, pero ninguna promesa será creíble si no se reconstruyen las condiciones que articulan educación, trabajo y dignidad.

El sentido escolar no se reconstruye únicamente en el aula: depende de cómo una sociedad organiza sus soportes colectivos y restituye horizontes de integración.

Mientras esa tarea no se asuma, la precariedad seguirá operando como destino y el desaliento continuará organizando la experiencia educativa.

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