Mauricio Hernández, profesor de Economía Ecológica del Centro de Estudios del Desarrollo Regional y Políticas Públicas (CEDER) de la Universidad de Los Lagos y jefe del programa de Magíster en Ciencias Sociales en Estudios Territoriales, publicó junto a Nelyda Campos, Profesora del Departamento de Economía de la Universidad del Desarrollo, y Francisco Araos, Profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de Chile, el artículo Short term economic outcomes associated with ecological sustainability practices among small and medium scale agricultural producers in Chile en Journal of Cleaner Production, revista WoS Q1 con 20.7 de CiteScore y 10.0 de factor de impacto.
El artículo examina la relación entre prácticas de sustentabilidad ecológica e ingresos agrícolas de corto plazo en pequeñas y medianas unidades productivas de Chile. Su punto de partida es una tensión central en los sistemas agroalimentarios contemporáneos. Las prácticas ecológicas son promovidas por su capacidad para mejorar fertilidad de suelos, biodiversidad, regulación ecosistémica y resiliencia frente a perturbaciones climáticas, pero su incorporación ocurre dentro de sistemas productivos organizados por precios inestables, costos crecientes, restricciones de liquidez y condiciones desiguales de acceso a mercados. Bajo estas condiciones, la decisión predial no responde solo a criterios ambientales, sino también a la necesidad de sostener ingresos en horizontes temporales estrechos.
La investigación utiliza microdatos de 57.439 unidades productivas registradas en el Censo Agropecuario de Chile 2021. A partir de esta base, el estudio analiza si prácticas específicas de sustentabilidad ecológica se asocian con posiciones más altas o más bajas dentro de la jerarquía de ingresos agrícolas. Esta aproximación evita reducir la sustentabilidad a un índice agregado de adopción y permite observar diferencias entre intervenciones que operan mediante mecanismos ecológicos y productivos distintos. El artículo distingue entre prácticas operacionales, vinculadas al manejo cotidiano de los ciclos de cultivo, y prácticas sistémicas, orientadas a procesos ecológicos de mayor duración, tales como regeneración de vegetación, conservación de biodiversidad y reorganización espacial del predio.
Los resultados muestran una diferenciación relevante. Prácticas como incorporación de materia orgánica, fertilización orgánica y control de erosión se asocian con mejores posiciones relativas de ingreso. Su vínculo con el desempeño económico parece explicarse por su inserción en procesos productivos ya existentes, donde pueden mejorar condiciones del suelo, reducir dependencia de insumos externos o estabilizar rendimientos sin exigir una transformación extensa de la estructura predial. En este sentido, su relevancia no proviene únicamente de su valor ambiental, sino de su compatibilidad con las restricciones económicas que enfrentan productores pequeños y medianos.
La situación es distinta en prácticas de carácter sistémico, particularmente reforestación y áreas de conservación. Estas intervenciones pueden generar beneficios ecológicos sustantivos, pero sus efectos económicos no necesariamente aparecen en el corto plazo. Al modificar el uso del suelo y desplazar superficie potencialmente productiva, pueden implicar costos de oportunidad que no son compensados por los mercados agrícolas convencionales. La evidencia sugiere entonces que no todas las prácticas ecológicas se traducen en ventajas económicas inmediatas, porque sus beneficios dependen del horizonte temporal, del mecanismo biofísico involucrado y de la existencia de arreglos institucionales capaces de reconocer funciones ecosistémicas que no ingresan directamente al precio de los productos.
El estudio también identifica que la posición de ingreso agrícola está fuertemente condicionada por variables estructurales, entre ellas escala productiva, especialización e inserción comercial. Esta constatación desplaza la discusión desde la voluntad individual del productor hacia la arquitectura económica del sistema agrario. Las prácticas ecológicas operan dentro de una matriz de incentivos que continúa premiando volumen, acceso a mercados y orientación comercial. Por ello, una transición agrícola sustentable no puede descansar únicamente en la adopción predial de prácticas específicas. Requiere instrumentos que reduzcan la brecha temporal entre beneficios ecológicos de largo plazo y necesidades económicas de corto plazo.
La contribución del artículo consiste en mostrar que la sustentabilidad agrícola no constituye una categoría económica homogénea. Algunas prácticas pueden integrarse de manera relativamente compatible con las dinámicas actuales de ingreso, mientras otras requieren mecanismos de soporte público, financiero o territorial para no convertirse en una carga económica para quienes las implementan. Esta distinción es relevante para diseñar políticas agrarias más precisas, especialmente cuando se busca combinar conservación ecológica, viabilidad productiva y reproducción social de la agricultura familiar.
Para la Región de Los Lagos y el sur austral de Chile, estos resultados tienen una pertinencia directa. En territorios donde la producción agropecuaria convive con bosques, humedales, cuencas lacustres, suelos frágiles y alta dependencia de funciones ecosistémicas locales, la sustentabilidad no puede tratarse como un complemento ambiental de la actividad económica. Constituye una condición material de continuidad para los sistemas productivos regionales, aunque su viabilidad exige instituciones capaces de sostener prácticas cuyos beneficios ecológicos exceden los retornos privados inmediatos.