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OPINIÓN | Septiembre y la identidad

Por Dr. Gonzalo Delamaza

Septiembre es un mes cargado de memoria y símbolos para quienes habitamos Chile. Las celebraciones de Fiestas Patrias -no de la independencia- reafirman a través de rituales cívicos, religiosos y militares una identidad nacional. La expresión popular y social de dicha identidad es justamente la parte festiva, condensada en un género musical: la cueca. Desde el primer día de septiembre se reproducen hasta el hartazgo cuecas por altoparlantes. No vuelve a ocurrir durante el resto del año. En las fondas lo primero es un pie de cueca de la más tradicional, bailada por una pareja ataviada según la tradición: un huaso con botas, espuelas, manta doñihuana y chupalla y una “china” con trenzas y vestido largo floreado. Después de eso… venga la cumbia y el reggaetón, que es lo que sabemos bailar.
Esa cueca “de salón” simboliza un tipo muy específico de folklore, el de la zona agrícola del valle central, y una figura social muy precisa: el huaso “jutre” (cuico, diríamos hoy). Pero ha extendido su alcance más allá de su territorio y lugar social de origen. Aún así no se baila sino una vez al año, se va ritualizando y perdiendo arraigo al ritmo de los cambios sociales. No es la cueca la que se debilita, es una modalidad específica de ella la que ya no abarca algo que se parezca a la identidad nacional. La cueca está más viva que nunca. De la mano de don Nano Núñez y Los Chileneros en los sesenta, fueron surgiendo las “cuecas choras” y la “cueca urbana”. El tío Roberto Parra llegó a componer una maravillosa “suma teológica de la cueca”. El equívoco consiste en creer que “lo chileno” sigue representado exclusivamente en esa estética que inventó el grupo Los Cuatro Huasos en la primera mitad del siglo XX. Una “tradición” bastante reciente.
Pensando en esta región, la fuerte densidad cultural chilota, ¿no es acaso un componente central de nuestra identidad nacional? No sólo está presente en todo el sur austral, sino que se ha extendido a través de expresiones comerciales y de la llamada “proyección folklórica”, por todo el país. En otro plano, la cultura gastronómica y cervecera de los inmigrantes alemanes también se ha hecho “nacional”. Del mismo que lo han hecho los bailes nortinos, el asado argentino, el maíz andino, la cumbia colombiana y lo harán las arepas venezolanas. Una identidad nacional es aquella que vamos construyendo, en la que podemos reconocernos en nuestra diversidad y dinamismo, que se articula y va formando tradición.

OPINIÓN | Septiembre y la identidad

Por Dr. Gonzalo Delamaza

Septiembre es un mes cargado de memoria y símbolos para quienes habitamos Chile. Las celebraciones de Fiestas Patrias -no de la independencia- reafirman a través de rituales cívicos, religiosos y militares una identidad nacional. La expresión popular y social de dicha identidad es justamente la parte festiva, condensada en un género musical: la cueca. Desde el primer día de septiembre se reproducen hasta el hartazgo cuecas por altoparlantes. No vuelve a ocurrir durante el resto del año. En las fondas lo primero es un pie de cueca de la más tradicional, bailada por una pareja ataviada según la tradición: un huaso con botas, espuelas, manta doñihuana y chupalla y una “china” con trenzas y vestido largo floreado. Después de eso… venga la cumbia y el reggaetón, que es lo que sabemos bailar.
Esa cueca “de salón” simboliza un tipo muy específico de folklore, el de la zona agrícola del valle central, y una figura social muy precisa: el huaso “jutre” (cuico, diríamos hoy). Pero ha extendido su alcance más allá de su territorio y lugar social de origen. Aún así no se baila sino una vez al año, se va ritualizando y perdiendo arraigo al ritmo de los cambios sociales. No es la cueca la que se debilita, es una modalidad específica de ella la que ya no abarca algo que se parezca a la identidad nacional. La cueca está más viva que nunca. De la mano de don Nano Núñez y Los Chileneros en los sesenta, fueron surgiendo las “cuecas choras” y la “cueca urbana”. El tío Roberto Parra llegó a componer una maravillosa “suma teológica de la cueca”. El equívoco consiste en creer que “lo chileno” sigue representado exclusivamente en esa estética que inventó el grupo Los Cuatro Huasos en la primera mitad del siglo XX. Una “tradición” bastante reciente.
Pensando en esta región, la fuerte densidad cultural chilota, ¿no es acaso un componente central de nuestra identidad nacional? No sólo está presente en todo el sur austral, sino que se ha extendido a través de expresiones comerciales y de la llamada “proyección folklórica”, por todo el país. En otro plano, la cultura gastronómica y cervecera de los inmigrantes alemanes también se ha hecho “nacional”. Del mismo que lo han hecho los bailes nortinos, el asado argentino, el maíz andino, la cumbia colombiana y lo harán las arepas venezolanas. Una identidad nacional es aquella que vamos construyendo, en la que podemos reconocernos en nuestra diversidad y dinamismo, que se articula y va formando tradición.