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Chile, paisaje y fractura: la extracción de la esperanza

por Marcos Muñoz Robles. CEDER, Universidad de Los Lagos

“Creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje” Nicanor Parra, “Chile”, Obra gruesa (1969)

La frase de Parra, publicada en 1969, nombra una forma histórica de organizar Chile como superficie disponible para la extracción. Medio siglo después, el territorio nacional sigue siendo leído como cantera, bosque, mar, salar, puerto o zona de sacrificio. La novedad es que, en la fase reciente de nuestra modernización, esa lógica extractiva alcanzó también a la educación. A la explotación de la naturaleza se añadió la explotación de la esperanza popular: el título universitario se transformó en promesa de movilidad, en deuda familiar, en inversión obligada, en credencial de salvación individual para una sociedad que no construyó al mismo ritmo una estructura productiva capaz de convertir esa formación en ciencia, innovación y desarrollo.

Chile masificó profesionales, pero no densificó proporcionalmente su sistema de I+D. Produjo capital humano para una economía que siguió funcionando como paisaje extractivo. Ahí está la fractura: no somos solo un país que invierte poco en ciencia; somos una sociedad que prometió movilidad mediante credenciales mientras mantenía una matriz productiva incapaz de absorber plenamente ese conocimiento. La desvalorización de la investigación no comienza cuando el presidente Kast cuestiona un libro o pregunta cuántos empleos produjo un estudio. Comienza mucho antes, cuando el país decide que educar basta, pero investigar no; que titular basta, pero innovar no; que expandir matrícula basta, pero transformar la estructura productiva no.

Los datos muestran la magnitud de esa fractura. Chile tiene una matrícula terciaria bruta prácticamente idéntica a Finlandia: 110,2% frente a 110,3%. Pero mientras Finlandia invierte más de 3% de su PIB en I+D, Chile apenas alcanza 0,392%. Y si se observa su gasto en investigación y desarrollo en torno al último dato comparable, Chile queda más cerca de República del Congo que de las economías intensivas en conocimiento. La imagen muestra la profundidad de la fractura: matrícula de Finlandia, I+D de economía periférica. Formamos profesionales como una sociedad avanzada, pero financiamos la ciencia como si el conocimiento fuera un lujo y no la infraestructura mínima de un país.

Una sociedad que masifica títulos, pero deja a la ciencia en la precariedad, produce un abismo entre educación y desarrollo. Mercantiliza el esfuerzo popular de acceso a la educación superior, pero hipoteca la soberanía productiva. Convierte la promesa universitaria en mercado, pero no en conocimiento socialmente acumulado. Seguimos siendo paisaje porque incluso la esperanza es explotada sin construir país: primero se extrajo de la tierra; luego, de la expectativa de quienes venían de la tierra, nietos de campesinos, hijos de obreros y artesanos, que creyeron que el capital humano les permitiría romper el destino heredado y abrir un camino distinto para sus vidas.

Chile prometió a sus hijos una educación de país avanzado, pero los abandonó en el mismo paisaje de siempre: el de una economía periférica-extractivista. Así, el país se llenó de profesionales, pero no de laboratorios. Se llenó de títulos, pero no de investigación. Se llenó de deuda familiar, pero no de innovación. Prometió movilidad, pero mantuvo una economía de paisaje: cobre, litio, bosque, mar, empleo informal y —en la actualidad— una educación superior comodificada, convertida en el último eslabón de su cadena extractiva.

Publicado por: Natalia Araya Raccoursier

Chile, paisaje y fractura: la extracción de la esperanza

por Marcos Muñoz Robles. CEDER, Universidad de Los Lagos

“Creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje” Nicanor Parra, “Chile”, Obra gruesa (1969)

La frase de Parra, publicada en 1969, nombra una forma histórica de organizar Chile como superficie disponible para la extracción. Medio siglo después, el territorio nacional sigue siendo leído como cantera, bosque, mar, salar, puerto o zona de sacrificio. La novedad es que, en la fase reciente de nuestra modernización, esa lógica extractiva alcanzó también a la educación. A la explotación de la naturaleza se añadió la explotación de la esperanza popular: el título universitario se transformó en promesa de movilidad, en deuda familiar, en inversión obligada, en credencial de salvación individual para una sociedad que no construyó al mismo ritmo una estructura productiva capaz de convertir esa formación en ciencia, innovación y desarrollo.

Chile masificó profesionales, pero no densificó proporcionalmente su sistema de I+D. Produjo capital humano para una economía que siguió funcionando como paisaje extractivo. Ahí está la fractura: no somos solo un país que invierte poco en ciencia; somos una sociedad que prometió movilidad mediante credenciales mientras mantenía una matriz productiva incapaz de absorber plenamente ese conocimiento. La desvalorización de la investigación no comienza cuando el presidente Kast cuestiona un libro o pregunta cuántos empleos produjo un estudio. Comienza mucho antes, cuando el país decide que educar basta, pero investigar no; que titular basta, pero innovar no; que expandir matrícula basta, pero transformar la estructura productiva no.

Los datos muestran la magnitud de esa fractura. Chile tiene una matrícula terciaria bruta prácticamente idéntica a Finlandia: 110,2% frente a 110,3%. Pero mientras Finlandia invierte más de 3% de su PIB en I+D, Chile apenas alcanza 0,392%. Y si se observa su gasto en investigación y desarrollo en torno al último dato comparable, Chile queda más cerca de República del Congo que de las economías intensivas en conocimiento. La imagen muestra la profundidad de la fractura: matrícula de Finlandia, I+D de economía periférica. Formamos profesionales como una sociedad avanzada, pero financiamos la ciencia como si el conocimiento fuera un lujo y no la infraestructura mínima de un país.

Una sociedad que masifica títulos, pero deja a la ciencia en la precariedad, produce un abismo entre educación y desarrollo. Mercantiliza el esfuerzo popular de acceso a la educación superior, pero hipoteca la soberanía productiva. Convierte la promesa universitaria en mercado, pero no en conocimiento socialmente acumulado. Seguimos siendo paisaje porque incluso la esperanza es explotada sin construir país: primero se extrajo de la tierra; luego, de la expectativa de quienes venían de la tierra, nietos de campesinos, hijos de obreros y artesanos, que creyeron que el capital humano les permitiría romper el destino heredado y abrir un camino distinto para sus vidas.

Chile prometió a sus hijos una educación de país avanzado, pero los abandonó en el mismo paisaje de siempre: el de una economía periférica-extractivista. Así, el país se llenó de profesionales, pero no de laboratorios. Se llenó de títulos, pero no de investigación. Se llenó de deuda familiar, pero no de innovación. Prometió movilidad, pero mantuvo una economía de paisaje: cobre, litio, bosque, mar, empleo informal y —en la actualidad— una educación superior comodificada, convertida en el último eslabón de su cadena extractiva.

Publicado por: Natalia Araya Raccoursier