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Opinión | Índice de Masa Corporal: los límites de una cifra

Índice de Masa Corporal: los límites de una cifra

Jael Goldsmith Weil, PhD

Académica Ceder

El Índice de Masa Corporal (IMC) es el índice más utilizado para establecer una relación entre peso y salud. A partir de una fórmula que relaciona peso y estatura, se clasifica a las personas en categorías nutricionales que van desde bajo peso hasta obesidad severa. Estas clasificaciones orientan pautas nutricionales, controles de salud y políticas públicas. Sin embargo, ¿qué nos dice realmente el IMC sobre la salud de una persona?

Sus antecedentes se remontan a comienzos del siglo XX, cuando se utilizaban tablas de peso y estatura en la industria de los seguros de vida. Décadas después, el académico Ancel Keys impulsó su uso como indicador relacionado con la salud. En 1995, en paralelo a la expansión de los discursos sobre la llamada «epidemia de obesidad», la Organización Mundial de la Salud incorporó los puntos de corte del IMC a sus estudios, consolidándolo como referencia internacional para clasificar el estado nutricional.

Desde entonces, esta medida ha adquirido una autoridad que rara vez se cuestiona. Sin embargo, sus categorías tienen limitaciones importantes: no consideran la diversidad de estructuras y composiciones corporales ni distinguen entre masa muscular y grasa. El IMC tampoco es, por sí solo, una medida del bienestar físico o nutricional.

El problema surge en una cultura que asocia la delgadez con disciplina y autocuidado, y atribuye a las personas con sobrepeso u obesidad falta de voluntad. Así, una clasificación numérica puede reforzar prejuicios que poco tienen que ver con una evaluación integral de la salud.

Estos sesgos también están presentes entre profesionales de la salud. Estudios han identificado actitudes negativas hacia pacientes con obesidad, incluyendo menor respeto y disposición a entregar educación sanitaria. Cuando el peso ocupa un lugar desproporcionado en la evaluación, se corre el riesgo de pasar por alto otros factores y ofrecer recomendaciones poco pertinentes. El estigma puede generar malestar psicológico y desalentar la búsqueda de atención médica.

El IMC no nos dice si una persona puede subir escaleras sin que le falte el aliento, bailar varios temas musicales seguidos o caminar una cuadra empinada con un bebé en un brazo y una bolsa de compras en el otro. Tampoco mide su capacidad de sostener la vida de otra persona, ni su disciplina o responsabilidad. Cuando una categoría nutricional se confunde con un diagnóstico de salud, una cifra puede convertirse en un juicio sobre las personas. El desafío para los profesionales de la salud es reconocer los límites de este indicador y evitar que los prejuicios sobre el peso condicionen la atención que entregan.

Opinión | Índice de Masa Corporal: los límites de una cifra

Índice de Masa Corporal: los límites de una cifra

Jael Goldsmith Weil, PhD

Académica Ceder

El Índice de Masa Corporal (IMC) es el índice más utilizado para establecer una relación entre peso y salud. A partir de una fórmula que relaciona peso y estatura, se clasifica a las personas en categorías nutricionales que van desde bajo peso hasta obesidad severa. Estas clasificaciones orientan pautas nutricionales, controles de salud y políticas públicas. Sin embargo, ¿qué nos dice realmente el IMC sobre la salud de una persona?

Sus antecedentes se remontan a comienzos del siglo XX, cuando se utilizaban tablas de peso y estatura en la industria de los seguros de vida. Décadas después, el académico Ancel Keys impulsó su uso como indicador relacionado con la salud. En 1995, en paralelo a la expansión de los discursos sobre la llamada «epidemia de obesidad», la Organización Mundial de la Salud incorporó los puntos de corte del IMC a sus estudios, consolidándolo como referencia internacional para clasificar el estado nutricional.

Desde entonces, esta medida ha adquirido una autoridad que rara vez se cuestiona. Sin embargo, sus categorías tienen limitaciones importantes: no consideran la diversidad de estructuras y composiciones corporales ni distinguen entre masa muscular y grasa. El IMC tampoco es, por sí solo, una medida del bienestar físico o nutricional.

El problema surge en una cultura que asocia la delgadez con disciplina y autocuidado, y atribuye a las personas con sobrepeso u obesidad falta de voluntad. Así, una clasificación numérica puede reforzar prejuicios que poco tienen que ver con una evaluación integral de la salud.

Estos sesgos también están presentes entre profesionales de la salud. Estudios han identificado actitudes negativas hacia pacientes con obesidad, incluyendo menor respeto y disposición a entregar educación sanitaria. Cuando el peso ocupa un lugar desproporcionado en la evaluación, se corre el riesgo de pasar por alto otros factores y ofrecer recomendaciones poco pertinentes. El estigma puede generar malestar psicológico y desalentar la búsqueda de atención médica.

El IMC no nos dice si una persona puede subir escaleras sin que le falte el aliento, bailar varios temas musicales seguidos o caminar una cuadra empinada con un bebé en un brazo y una bolsa de compras en el otro. Tampoco mide su capacidad de sostener la vida de otra persona, ni su disciplina o responsabilidad. Cuando una categoría nutricional se confunde con un diagnóstico de salud, una cifra puede convertirse en un juicio sobre las personas. El desafío para los profesionales de la salud es reconocer los límites de este indicador y evitar que los prejuicios sobre el peso condicionen la atención que entregan.